Me ocurrió el viernes por la noche. Salí a tomar una cerveza con una amiga y entre charlas de proyectos y más proyectos de repente aparecieron dos niños a pedir monedas.
Ella les ofreció comer una pizza y ellos, gustosos, aceptaron tal invitación.
Se sentaron y luego de algunas palabras sobre quienes eran, dónde vivían, qué hacían, comenzó lo más jugoso de la noche.
Le preguntamos sobre el cole y la respuesta fue que le gustaba, que concurrían, que les gustaba tal o cual materia.
Hablamos sobre lectura y al poco tiempo uno de ellos, el más grade, devoraba el diario Jerónimo, mientras el más chiquito, lleno de nervios, nos deleitaba leyendo los titulares de esta publicación que se reparte en las escuelas públicas de la provincia.
La noche le dejó una reflexión a ella: “Lo que más me gustó fue que todavía conservan su niñez”. ¿Es verdad no? ¿Cómo explicamos que dos nenes de 12 y 8 años que están dando vueltas en la calle a las 2 AM todavía conserven esa inocencia que solo los niños pueden tener?
Es una alegría inmensa que, más allá que deban estar en su casa, estos dos pibes, en lugar de estar en cualquiera, puedan disfrutar de la lectura y contarnos sus sueños de grande. “Quiero ser colectivero”, decía el más grande. “Yo, nada, quiero jugar al futbol”, comentó el más pequeñito.
Colectivero y jugador de fútbol. Y cada uno tenía una explicación sobre su vocación. Los dos tenían sueños.
Y sí. Así es la niñez. De un lado y del otro. De los chicos que a esa hora están con sus padres y de aquellos que, como estos dos amiguitos, estaban en la calle.
Una niñez con sueños, aventuras, juegos, lecturas que apasionan, fantasías que fascinan. Una niñez. Como la tuya, como la mía.
Esa noche me dí cuenta que hay un motivo para perseverar. Ese motivo son los sueños de esos pibes.
Si cada uno, desde el mínimo espacio de influencia que tenemos, podemos hacer algo para que la realidad de los dos amiguitos del viernes pueda cambiar, seguro que estaremos aportando a la construcción de un futuro mejor.